Por Eva Fuentes (Filóloga y profesora de griego).
Un viaje a Grecia es una
de esas cosas en la vida que uno tiene que hacer antes de morir.
Quizás sea un poco exagerada esta afirmación, pero es un país que
forma parte de las siete maravillas del mundo. La primera vez que
estuve allí fue en el 2000, fecha señalada para la tecnología, y
si hubiera sido a.C. fecha importante para la civilización griega
donde empezaban a despuntar los cretenses y, si hacemos caso a los
mitos, los atenienses mandaban doce jóvenes para ser sacrificados en
el laberinto del Minotauro. ¡Menos mal que luego llegó Teseo, rey
de Atenas por aquellos entonces, y deshizo el entuerto…!
¿Por dónde iba? ¡Ah
,si! Fui en el 2000… Me impresionó. Me impresionó lo caótico que
era todo. El aeropuerto estaba abarrotado de perros pululando a sus
anchas que se confundían entre los pasajeros que iban y venían, y
que a nadie parecía molestar (yo es que no soy muy amante de los
canes). Esos mismos perros, o quizás otros (¡quién sabe!) me los
encontré en la Acrópolis. ¡IM-PRESIONANTE! Tanto de noche como de
día era maravilloso contemplarlo. A pesar de los casi 50 grados que
podría haber – ya que era Agosto- me vino un escalofrío cuando me
puse delante del Erecteión y sus magníficas cariátides. Lo que
había estudiado, lo que había visto en millones de libros de arte,
lo estaba contemplando en vivo y en directo.
Era extraño, pero
mientras esperaba a que mi amigo me hiciera una foto delante de esas
columnas femeninas, me imaginaba a Sócratres, Platón, a Pericles, y
a toda esa panda de atenienses del siglo V a. C. recorriendo esa
ladera por la cual yo paseaba en siglo XXI. Sí, lo sé, este
pensamiento es típico de los “frikis” de clásicas. Pero es tal
la belleza que permanece que no cuesta mucho imaginar que todavía
pervive la esencia de todos estos personajes.
Para mí era como estar en
el Olimpo con los dioses. Desde allí arriba me parecía estar viendo
a los mortales en su ajetreada vida, con esos pitidos de los
contaminantes coches, con el barullo de la gente griega hablando a
voces para que los “guiris” se enteren de las indicaciones
apropiadas, los hombres griegos sentados en las mesas de los cafés
manejando como ninguno los komboloi….¡ay! ¡qué recuerdos! Si
Sócrates levantara la cabeza volvería a beber la cicuta.
Sí, Grecia merece
la pena. No sólo por su cultura gastronómica, por su arte, por su
idioma, sino por su ςHay
que vivirlo porque la experiencia es única. Te puede gustar o no. No
habrá término medio.
Yo lo confieso. A mí me
encanta Grecia y la Magna Grecia, y estoy deseando ponerme delante de
la Puerta de los leones de Micenas y sentir la presencia de Agamenón.
Pero eso será otra historia…
Regresaremos de Grecia,
triunfadores como Teseo, pero procuraremos izar las velas blancas
para no cambiar el nombre al Mar Egeo.
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