miércoles, 3 de abril de 2013

El viaje se acabó... pero hay otros posibles

Grecia... el cielo azul
τό ταξίδι τελίωσε... είναι όμως δυνατά και άλλα. Nunca es fácil volver a casa cuando en el viaje se lo ha pasado uno bien. Todo parece chiquitín, como empequeñecido de golpe. Un amigo mío gran conocedor de Grecia describía esa sensación como un chasquido que se oye al contemplar lo cotidiano.
Pero superada esa primera parte, luego llega el recuerdo, llegan los recuerdos, se ven las fotos, se vuelven a oír los comentarios y las anécdotas, se vuelve a reír.
Hoy, el día en que cerramos este blog, toca deshacer la maleta y preguntarse qué ha pasado, qué ha sido ese fogonazo llamado Grecia. Es el momento de leer el poema de Cavafis Ítaca. Sobre todo sus versos finales. El poema es una invitación a emprender un viaje, el viaje. Ese viaje te llevará a conocer peligros, aprendizajes, miedos, novedades, curiosidades. Pero al llegar a Ítaca, el viajero verá que allí no hay nada, que el viaje lo ha llevado a un lugar vacío.


Los versos finales son estos:


Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

El viaje ha sido el tesoro que no encuentras al final, sino que está adherido a ti, por dentro de ti. El tesoro te ha enriquecido sin que nadie pueda arrebatártelo jamás. Después del viaje, eres más rico. 

Atardecer en Egina (2010)
Se me ocurre que podríamos hacer un viaje a los lugares de Grecia marcados en un mapa de poetas: Alejandría para encontrar a Cavafis, Atenas para encontrar a Seferis, Ípiro para encontrar a Ritsos, a quien buscaríamos también en los presidios que visitó, Salónica nos enseñaría a Anagnostakis, Creta a Casantsakis... Iré pensando en ello. A lo mejor necesito un empujoncito de ánimo.
Hasta siempre,
Fernando

jueves, 21 de marzo de 2013

ρεμβέτικο τραγούδι (la canción rebética)

No sé si lo sabes, amigo o amiga, pero queda una semana para que tomemos el avión y pasemos nuestra primera tarde en Atenas. Para que podamos pasear por Ermú y para que veamos, aunque sea de noche, el Parlamento en la plaza de la Constitución, la famosa plaza Síndagma de las noticias de las protestas. No sé si lo sabéis, amigos, pero por aquí ya llega el aroma de Atenas.
Dicen las previsiones climáticas que el tiempo va a estar algo nuboso sin que llegue a llover, y de frío más bien poco, entre 8 y 20 grados. Mejor es imposible.
Yo ya huelo, como te digo, a Grecia. Y parece que ya estoy escuchando la música griega. Hay una música griega que tiene una tradición larga, que se llama rebético y que a los griegos les gusta mucho. El rebético, o canción rebética, es una música que vino de Asia, de Esmirna, de Éfeso, de Eolia, cuando los turcos expulsaron en 1922 a todos los griegos de Asia Menor. Estos griegos se fueron a Grecia, pero allí no cabían. Era un millón de refugiados que se habían quedado sin nada y que llegaban a un país con poco más de cuatro millones de habitantes bastante pobres.
Esta es una historia triste. Esos griegos venidos de Asia se hacinaron en guetos en Atenas, Pireo y Salónica, las grandes ciudades. Allí cantaban sus canciones, teñidas ahora de melancolía y de lamentación por su situación presente. Eso es el rebético.
Todos los cantantes griegos tienen un disco de rebético. También las mujeres. Para un griego, algunas canciones rebéticas son como el alma de su pasado que viene a saludarlos, por eso al escucharlo cierran los ojos, se concentran y se dejan llevar...
Oigamos algunos ejemplos. El más castizo de los antiguos se llama Vasilis Tsitsanis, que aquí canta con A. Jrisafi. La canción se titula El diván (Το ντιβάνι). Una mujer reprocha a su amante que ya no la visite y le dice que es mejor que se largue.

Este es otro cantante de los antiguo, Stratos Payiumtsís. La canción es más alegre, se llama Todos los días medicina (καθε μερα και φαρμάκι)

Ahora escuchamos un cantante más moderno Nikos Papásoglu, uno de mis favoritos, cantando El castañero (ο καστανάς).

Y si te quedan ganas, puedes escuchar al rey de los cantantes griegos, Yorgos Dalaras, con su versión del clásico Cinco años en la cárcel. (πεντε χρονια δικασμένος).



domingo, 3 de marzo de 2013

La espiritualidad de Hosios Lukás

Exterior del monasterio
En la falda del monte Helicón hay un monasterio de monjes católicos ortodoxos. Bajando de Delfos a Atenas... ¿quién se resiste a visitar un lugar tan interesante? Venimos casi peregrinos del santuario de Apolo que hemos dejado en Delfos, arriba, en las faldas de las altísimas montañas. Y sin llegar a bajar del todo a la llanura, nos encontramos con un recóndito monasterio medieval.
La vida monástica se ha continuado desde la fundación del monasterio, a mediados del siglo X. Se dice que el primer monje fue el propio San Lucas (otro, no el de los evangelios, uno medieval), que pasó en aquel lugar los últimos años de su vida, organizando una comunidad primitiva. Luego se construyó el monasterio.
El santo fundador, San Lucas, en un mosaico
Allí se ha vivido la historia de Grecia: ataques de los búlgaros, invasión y persecución de los turcos, la Revolución Nacional... Pero sobre todo, allí veremos cómo es un templo ortodoxo. Y es uno de los mejores, de los mejor decorados.
Los mosaicos de Hosios Lukás son modélicos, son de los que estudiamos en los libros de Historia del Arte. Los dibujos hechos con las teselas no pueden dejar a nadie como si no los viera.
Y, además, Hosios Lukás es uno de esos lugares en los que aflora la parte más espiritual del hombre. Allí ve uno esa manera tan medieval de vivir la religión, como si Dios fuese un vecino más del pueblo, como si nada más que la oración tuviese sentido.

martes, 12 de febrero de 2013

Apolo nos espera (en Delfos)

Hay algo misterioso en Delfos, en su panorámica vista del mar, en su pared rocosa. Delfos está situada en una alta montaña, justo a los pies de dos inmensas rocas llamadas Fedríadas. Todo en Delfos está en cuesta, porque está en la ladera inclinada de una montaña. Y esa montaña acaba en una planicie abajo, en el valle, una planicie sembrada  de olivos y salpicada de cipreses. La Llanura sagrada. Justo detrás de la Llanura sagrada, el mar, el estrecho mar que separa el continente de la Península del Peloponeso. No está lejos Náfpaktos, a la que nosotros llamamos Lepanto, de gloriosos recuerdos militares para un joven escritor que allí quedó lisiado.
Pero Delfos no es militar, sino religiosa. Zeus (otra vez), enamorado de Leto, engendró en ella dos criaturas gemelas. Hera, la problematizada esposa de Zeus, hizo que un horrible monstruo, una serpiente gigante llamada Pitón, persiguiera a Leto para que no pudiese dar a luz. La chica se refugió en la alejada isla de Delos y allí pudo parir y criar a sus dos criaturas: Apolo y Artemisa.
Cuando Apolo creció, decidió vengar el sufrimiento que había padecido su madre durante el embarazo, así que navegó hasta el continente para acabar con Pitón, la serpiente. Viajó a lomos de dos delfines que lo llevaron hasta un punto de la costa. Allí luchó con Pitón y acabó con ella. Desde entonces, ese lugar era el sitio dedicado a Apolo, el lugar de la religión apolínea. Y se llamó Delfos, que en griego significa "Delfines".
En Delfos había un templo de Apolo al que acudían en masa los griegos porque era un santuario oracular, o sea, que allí Apolo hablaba con los hombres. Se acudía allí para consultar al dios sobre aspectos decisivos de la vida. Había todo un ritual que incluía baños purificativos, estancia en el recinto sagrado, consulta a lo sacerdotes, una médium a la que llamaban pitonisa, una respuesta que era la misma voz de Apolo hablando directamente a un creyente.
Cuando estemos allí (iremos el domingo) ya hablaremos de los pormenores. Pero ahora es mejor fijarse en el paisaje. Una amiga me dijo hace años "Si un día veis que me he perdido y no sabéis dónde estoy, no me busquéis porque estaré seguro en Delfos". Yo diría lo mismo, si no fuera tan mundano. En Delfos he pasado algunos de los momentos más intensos de mi vida, y no exagero. Delfos tiene eso que algunos llaman magnetismo, y no exagero. En Delfos es imposible no mirarse por dentro durante unos minutos, y no exagero. Girar la cabeza y ver las Fedríadas, girarla de nuevo y caer el la Llanura Sagrada, es asomarse a un abismo peligroso y placentero, y no exagero nada.
En el dintel del templo de Apolo en Delfos habían inscrito algunas frases de gran sabiduría. Pero la más famosa es todo un modelo de vida: γνῶθι σαυτόν, conócete a ti mismo.
Sin ponernos excesivamente serios, podríamos decir que Delfos es una de las paradas de nuestro viaje que más difícilmente se escaparán de la memoria.
Y no exagero. 

jueves, 31 de enero de 2013

Sensaciones de Grecia

Por Eva Fuentes (Filóloga y profesora de griego).

Un viaje a Grecia es una de esas cosas en la vida que uno tiene que hacer antes de morir. Quizás sea un poco exagerada esta afirmación, pero es un país que forma parte de las siete maravillas del mundo. La primera vez que estuve allí fue en el 2000, fecha señalada para la tecnología, y si hubiera sido a.C. fecha importante para la civilización griega donde empezaban a despuntar los cretenses y, si hacemos caso a los mitos, los atenienses mandaban doce jóvenes para ser sacrificados en el laberinto del Minotauro. ¡Menos mal que luego llegó Teseo, rey de Atenas por aquellos entonces, y deshizo el entuerto…!

domingo, 27 de enero de 2013

Pero entonces... ¿quiénes (y cómo) son los griegos?

Salimos de Epidauro rumbo a Atenas. Ha sido un día bastante completo, cansado incluso. En el autocar nadie habla: los chicos oyen música, los mayores dormitan, algunos miran sin ver por las ventanillas. Es el  momento de la reflexión.
Recuerdo una tarde, haciendo precisamente ese mismo viaje desde Epidauro a Atenas. Observé algo en la carretera que ya había visto antes cientos de veces. Es una costumbre que tienen los griegos: cuando van por una carretera ancha de un solo carril en cada sentido pero con buen arcén, llevan el coche con las ruedas derechas por fuera de la línea. Así lo hacen los que circulan en los dos sentidos. De esta manera, queda espacio por el centro para adelantar. Es peligroso, está claro. Pero admite muchas interpretaciones y no todas son malas. Aquella tarde lo comenté con el chófer que nos llevaba, Yorgos. Me dijo: "Está prohibido, pero todos lo hacen. Si no lo haces, te pitan".

jueves, 24 de enero de 2013

Medicina y espectáculo: Epidauro

Asclepio era un hijo de Apolo. Este importante dios tuvo sus relaciones con Corónide, a la que dejó embarazada y dejó en Epidauro al cuidado de fieles guardianes. Hay quien dice que, enterado de que luego le fue infiel, la mató y extrajo al bebé para cuidarlo él. Hay quien dice que no, que la muchacha parió tranquilamente. Pero parió a Asclepio, el hijo favorito de Apolo.
Más adelante, cuando Asclepio ya había demostrado sus grandes habilidades, se le regalaron dos tentáculos de la cabeza de la gorgona; una tenía el poder de resucitar muertos, la otra el de sanar enfermedades. Ambas cosas las hizo Asclepio con frecuencia. Asclepio es el dios que sana, el médico divino.
Cómo no, le hicieron su santuario en el lugar en el que nació: en Epidauro. Muchos siglos después, nosotros vamos a visitar el lugar. ¿Interesante? Pues espera, que aún queda más.
Eso de revivir muertos no estaba bien visto, así que Zeus lanzó un rayo a Asclepio y lo mató. Pero ahí comenzó el mito. Enfermos de toda Grecia acudían a todos los templos en los que hubiera un monumento de Asclepio. El mejor, claro, estaba en Epidauro. Allí había un templo con una estatua que representaba al dios con su bastón característico, con una serpiente enroscada a lo largo del palo (aún hoy los médicos lo usan como símbolo).
Igual que hoy acuden los creyentes a los santuarios de curación, como Lourdes, entonces acudían a Epidauro. Muchas personas iban allí a curarse. Se encerraban en una cámara cerca de donde estaba el dios durante toda una noche. Decían que Asclepio se les aparecía en sueños y al despertar estaban ya sanos. Así de fácil.