Hay algo misterioso en Delfos, en su panorámica vista del mar, en su pared rocosa. Delfos está situada en una alta montaña, justo a los pies de dos inmensas rocas llamadas Fedríadas. Todo en Delfos está en cuesta, porque está en la ladera inclinada de una montaña. Y esa montaña acaba en una planicie abajo, en el valle, una planicie sembrada de olivos y salpicada de cipreses. La Llanura sagrada. Justo detrás de la Llanura sagrada, el mar, el estrecho mar que separa el continente de la Península del Peloponeso. No está lejos Náfpaktos, a la que nosotros llamamos Lepanto, de gloriosos recuerdos militares para un joven escritor que allí quedó lisiado.Pero Delfos no es militar, sino religiosa. Zeus (otra vez), enamorado de Leto, engendró en ella dos criaturas gemelas. Hera, la problematizada esposa de Zeus, hizo que un horrible monstruo, una serpiente gigante llamada Pitón, persiguiera a Leto para que no pudiese dar a luz. La chica se refugió en la alejada isla de Delos y allí pudo parir y criar a sus dos criaturas: Apolo y Artemisa.
Cuando Apolo creció, decidió vengar el sufrimiento que había padecido su madre durante el embarazo, así que navegó hasta el continente para acabar con Pitón, la serpiente. Viajó a lomos de dos delfines que lo llevaron hasta un punto de la costa. Allí luchó con Pitón y acabó con ella. Desde entonces, ese lugar era el sitio dedicado a Apolo, el lugar de la religión apolínea. Y se llamó Delfos, que en griego significa "Delfines".
En Delfos había un templo de Apolo al que acudían en masa los griegos porque era un santuario oracular, o sea, que allí Apolo hablaba con los hombres. Se acudía allí para consultar al dios sobre aspectos decisivos de la vida. Había todo un ritual que incluía baños purificativos, estancia en el recinto sagrado, consulta a lo sacerdotes, una médium a la que llamaban pitonisa, una respuesta que era la misma voz de Apolo hablando directamente a un creyente.
Cuando estemos allí (iremos el domingo) ya hablaremos de los pormenores. Pero ahora es mejor fijarse en el paisaje. Una amiga me dijo hace años "Si un día veis que me he perdido y no sabéis dónde estoy, no me busquéis porque estaré seguro en Delfos". Yo diría lo mismo, si no fuera tan mundano. En Delfos he pasado algunos de los momentos más intensos de mi vida, y no exagero. Delfos tiene eso que algunos llaman magnetismo, y no exagero. En Delfos es imposible no mirarse por dentro durante unos minutos, y no exagero. Girar la cabeza y ver las Fedríadas, girarla de nuevo y caer el la Llanura Sagrada, es asomarse a un abismo peligroso y placentero, y no exagero nada.
Sin ponernos excesivamente serios, podríamos decir que Delfos es una de las paradas de nuestro viaje que más difícilmente se escaparán de la memoria.
Y no exagero.

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