Un viaje a Grecia es una
de esas cosas en la vida que uno tiene que hacer antes de morir.
Quizás sea un poco exagerada esta afirmación, pero es un país que
forma parte de las siete maravillas del mundo. La primera vez que
estuve allí fue en el 2000, fecha señalada para la tecnología, y
si hubiera sido a.C. fecha importante para la civilización griega
donde empezaban a despuntar los cretenses y, si hacemos caso a los
mitos, los atenienses mandaban doce jóvenes para ser sacrificados en
el laberinto del Minotauro. ¡Menos mal que luego llegó Teseo, rey
de Atenas por aquellos entonces, y deshizo el entuerto…!
Salimos de Epidauro rumbo a Atenas. Ha sido un día bastante completo, cansado incluso. En el autocar nadie habla: los chicos oyen música, los mayores dormitan, algunos miran sin ver por las ventanillas. Es el momento de la reflexión.
Recuerdo una tarde, haciendo precisamente ese mismo viaje desde Epidauro a Atenas. Observé algo en la carretera que ya había visto antes cientos de veces. Es una costumbre que tienen los griegos: cuando van por una carretera ancha de un solo carril en cada sentido pero con buen arcén, llevan el coche con las ruedas derechas por fuera de la línea. Así lo hacen los que circulan en los dos sentidos. De esta manera, queda espacio por el centro para adelantar. Es peligroso, está claro. Pero admite muchas interpretaciones y no todas son malas. Aquella tarde lo comenté con el chófer que nos llevaba, Yorgos. Me dijo: "Está prohibido, pero todos lo hacen. Si no lo haces, te pitan".
Asclepio era un hijo de Apolo. Este importante dios tuvo sus relaciones con Corónide, a la que dejó embarazada y dejó en Epidauro al cuidado de fieles guardianes. Hay quien dice que, enterado de que luego le fue infiel, la mató y extrajo al bebé para cuidarlo él. Hay quien dice que no, que la muchacha parió tranquilamente. Pero parió a Asclepio, el hijo favorito de Apolo. Más adelante, cuando Asclepio ya había demostrado sus grandes habilidades, se le regalaron dos tentáculos de la cabeza de la gorgona; una tenía el poder de resucitar muertos, la otra el de sanar enfermedades. Ambas cosas las hizo Asclepio con frecuencia. Asclepio es el dios que sana, el médico divino.
Cómo no, le hicieron su santuario en el lugar en el que nació: en Epidauro. Muchos siglos después, nosotros vamos a visitar el lugar. ¿Interesante? Pues espera, que aún queda más.
Eso de revivir muertos no estaba bien visto, así que Zeus lanzó un rayo a Asclepio y lo mató. Pero ahí comenzó el mito. Enfermos de toda Grecia acudían a todos los templos en los que hubiera un monumento de Asclepio. El mejor, claro, estaba en Epidauro. Allí había un templo con una estatua que representaba al dios con su bastón característico, con una serpiente enroscada a lo largo del palo (aún hoy los médicos lo usan como símbolo).
Igual que hoy acuden los creyentes a los santuarios de curación, como Lourdes, entonces acudían a Epidauro. Muchas personas iban allí a curarse. Se encerraban en una cámara cerca de donde estaba el dios durante toda una noche. Decían que Asclepio se les aparecía en sueños y al despertar estaban ya sanos. Así de fácil.
Cuando tenía ocho años, el muy prusiano Heinrich Schliemann conoció en relatos de su padre el mundo de la Guerra de Troya. Cuando tenía doce, oyó a un vecino suyo recitar una larga tirada de versos de Homero en griego. Él no entendió ni una palabra, pero le pidió a Dios que llegara el día en que pudiera entender el griego para leer a Homero. Fascinado por el mundo de los héroes del pasado, grabó en su mente esa obsesión, ese deseo.
La vida de Schliemann no fue nunca por los cauces académicos, ni mucho menos filológicos. Empezó a trabajar en tiendas de su localidad como empleado. Pero en un momento determinado, se embarcó a Venezuela para emprender un negocio. El barco naufragó y no llegó a salir de Europa. En Holanda se hizo empleado de una empresa que tenía sede en San Petersburgo. Entonces empezó todo.
Nada más llegar a Grecia, justo al día siguiente, nos vamos de excursión. A Micenas y a Epidauro. Micenas suena más, claro está. Hay una época de la Historia de Grecia que se llama Época Micénica. Por algo será.
Micenas fue una población dominante en toda la región de alrededor; pero, por lo que sabemos, debió de ser en su día el lugar más poderoso del mundo de habla griega. Está en el Peloponeso, en la zona que se conoce como Argólida.
En Micenas veremos un palacio. Mejor dicho, un recinto palacial. Un lugar de poder. Allí había un palacio real, un lugar de enterramientos para personas notables y viviendas adosadas a ese palacio. Todo ello rodeado de una muralla de piedras descomunales. Podéis ver parte de la muralla y la entrada en el vídeo que hay en el margen.
Estas construcciones de piedras tan grandes se llaman ciclópeas, pues se decía que las piedras habían sido transportadas no por hombres, sino por cíclopes. La puerta principal estaba decorada con el gran símbolo del poder: leones. La puerta de los leones es la señal de que está uno entrando en el sitio del poder, del rey. Dicen los que saben que no son leones, que son leonas, que no tienen melena. Puede ser. Sea como sea, indicaban que allí vivía el poder.
El poder lo tenía el rey, que por entonces se decía ánax. Y el rey más famoso de todos fue Agamenón. Este Agamenón era hermano del rey de Esparta: Menelao. Y Menelao estaba casado con Helena. Helena fue raptada, ya lo sabéis, por un príncipe extranjero que vino de Troya. Así que se armó la de Troya. La Guerra de Troya. Un ejército de coalición de todas las ciudades griegas se unió para atacar al reino troyano y recuperar a la esposa de Menelao. Pero el ejército estaba comandado por el hermano poderoso, Agamenón. ¿Mucho lío? Si no lo entiendes, perdona; la mitología es así, hay que leerla despacio.
Los griegos ganaron la guerra y se trajeron a Helena de vuelta. Cada uno se volvió a su casa: Ulises a Ítaca, Néstor a Pilos, Menelao a Esparta y Agamenón a Micenas. Pero, ¡ay!, la vida te da sorpresas.