Cuando tenía ocho años, el muy prusiano Heinrich Schliemann conoció en relatos de su padre el mundo de la Guerra de Troya. Cuando tenía doce, oyó a un vecino suyo recitar una larga tirada de versos de Homero en griego. Él no entendió ni una palabra, pero le pidió a Dios que llegara el día en que pudiera entender el griego para leer a Homero. Fascinado por el mundo de los héroes del pasado, grabó en su mente esa obsesión, ese deseo.
La vida de Schliemann no fue nunca por los cauces académicos, ni mucho menos filológicos. Empezó a trabajar en tiendas de su localidad como empleado. Pero en un momento determinado, se embarcó a Venezuela para emprender un negocio. El barco naufragó y no llegó a salir de Europa. En Holanda se hizo empleado de una empresa que tenía sede en San Petersburgo. Entonces empezó todo.
Para entonces, a los veintipocos años, Schliemann había desarrollado un sistema para aprender idiomas y ya hablaba cinco. En unos meses aprendió el ruso, se fue a la sede rusa y se hizo cargo. Se independizó y se convirtió en empresario, vendiendo oro molido. Luego vendió caña de azúcar, fue banquero en Estados Unidos, vivió en Inglaterra... Y se hizo riquísimo. Enormemente rico.
Estudió en La Sorbona Antigüedades Clásicas. Se llegó a diplomar en Arqueología. Y entonces fue a Grecia. Aprendió griego. Se divorció de su mujer y se casó con una chica griega, Sofía Engastromenos, de dieciséis años.
A partir de entonces vivió en Grecia. Su obsesión por Homero le hizo dedicar gran parte de su fortuna a intentar descubrir dónde tuvo lugar lo que se cuenta en la Ilíada. Una locura como otra cualquiera, porque nadie pensaba que hubiera una Troya real, sino que todos creían que era una invención literaria.
Pero Schliemann tuvo el acierto de ponerse a excavar en el sitio apropiado. En el norte de la costa Turca, en una colina en la que pidió permiso para hacerlo, excavó durante meses. Por fin, una mañana los obreros que había contratado le advirtieron que habían encontrado algo de oro. Él les dio el día libre y se quedó con su mujer a excavar. Aquello debió de ser muy emocionante. En días sucesivos encontró tantos tesoros, tantas ruinas, que no tuvo duda de que estaba en Troya. Y tuvo el capricho de fotografiar a su joven mujer con todas las joyas, las que él pensaba que eran de Helena de Troya (o de Esparta, según se mire).
Y luego se fue a Micenas y donde nadie pensaba que hubiera nada, se puso a excavar y encontró las ruinas de una ciudad "rica en oro", como dice Homero. Allí encontró murallas, tumbas, oro, máscaras funerarias. Y a todas les iba poniendo nombre: la Máscara de Agamenón, la Máscara de Atreo, la tumba de Egisto, de Clitenestra... Todo en su cabeza tenía sentido. Había dedicado su fortuna a encontrar el lugar donde sucedieron los acontecimientos narrados en su poema favorito. Y lo mejor de todo es que los encontró, para pasmo de todos los estudiosos de entonces y de ahora.
Ningún arqueólogo ha tenido tanto acierto: llegar y pegar. Y encontró los restos más valiosos del mundo griego antiguo, del más antiguo.
Vivió en Atenas, en una mansión en el centro que mandó construir a uno de los arquitectos alemanes que se estaban ocupando de la remodelación de Atenas. Hoy en día su casa es un museo de numismática. La casa tiene nombre: Ilíu Mélazron (Palacio de Troya). En los techos hay frescos que representan escenas de la Ilíada. En Atenas, el último día que estemos allí veremos la casa de Schliemann, aunque en principio no entraremos más que al jardín. Pero la arquitectura exterior es maravillosa. El último regalo que Schliemann hizo a Grecia antes de morir. Un verdadero filheleno. Los griegos le dedicaron un sello de correos en el que se ve su retrato junto a la puerta de los leones de Micenas.
La vida de Schliemann no fue nunca por los cauces académicos, ni mucho menos filológicos. Empezó a trabajar en tiendas de su localidad como empleado. Pero en un momento determinado, se embarcó a Venezuela para emprender un negocio. El barco naufragó y no llegó a salir de Europa. En Holanda se hizo empleado de una empresa que tenía sede en San Petersburgo. Entonces empezó todo.
Para entonces, a los veintipocos años, Schliemann había desarrollado un sistema para aprender idiomas y ya hablaba cinco. En unos meses aprendió el ruso, se fue a la sede rusa y se hizo cargo. Se independizó y se convirtió en empresario, vendiendo oro molido. Luego vendió caña de azúcar, fue banquero en Estados Unidos, vivió en Inglaterra... Y se hizo riquísimo. Enormemente rico.
Estudió en La Sorbona Antigüedades Clásicas. Se llegó a diplomar en Arqueología. Y entonces fue a Grecia. Aprendió griego. Se divorció de su mujer y se casó con una chica griega, Sofía Engastromenos, de dieciséis años.
A partir de entonces vivió en Grecia. Su obsesión por Homero le hizo dedicar gran parte de su fortuna a intentar descubrir dónde tuvo lugar lo que se cuenta en la Ilíada. Una locura como otra cualquiera, porque nadie pensaba que hubiera una Troya real, sino que todos creían que era una invención literaria.
Pero Schliemann tuvo el acierto de ponerse a excavar en el sitio apropiado. En el norte de la costa Turca, en una colina en la que pidió permiso para hacerlo, excavó durante meses. Por fin, una mañana los obreros que había contratado le advirtieron que habían encontrado algo de oro. Él les dio el día libre y se quedó con su mujer a excavar. Aquello debió de ser muy emocionante. En días sucesivos encontró tantos tesoros, tantas ruinas, que no tuvo duda de que estaba en Troya. Y tuvo el capricho de fotografiar a su joven mujer con todas las joyas, las que él pensaba que eran de Helena de Troya (o de Esparta, según se mire).
Y luego se fue a Micenas y donde nadie pensaba que hubiera nada, se puso a excavar y encontró las ruinas de una ciudad "rica en oro", como dice Homero. Allí encontró murallas, tumbas, oro, máscaras funerarias. Y a todas les iba poniendo nombre: la Máscara de Agamenón, la Máscara de Atreo, la tumba de Egisto, de Clitenestra... Todo en su cabeza tenía sentido. Había dedicado su fortuna a encontrar el lugar donde sucedieron los acontecimientos narrados en su poema favorito. Y lo mejor de todo es que los encontró, para pasmo de todos los estudiosos de entonces y de ahora.
Ningún arqueólogo ha tenido tanto acierto: llegar y pegar. Y encontró los restos más valiosos del mundo griego antiguo, del más antiguo.
Vivió en Atenas, en una mansión en el centro que mandó construir a uno de los arquitectos alemanes que se estaban ocupando de la remodelación de Atenas. Hoy en día su casa es un museo de numismática. La casa tiene nombre: Ilíu Mélazron (Palacio de Troya). En los techos hay frescos que representan escenas de la Ilíada. En Atenas, el último día que estemos allí veremos la casa de Schliemann, aunque en principio no entraremos más que al jardín. Pero la arquitectura exterior es maravillosa. El último regalo que Schliemann hizo a Grecia antes de morir. Un verdadero filheleno. Los griegos le dedicaron un sello de correos en el que se ve su retrato junto a la puerta de los leones de Micenas. 


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